
Hace algunos años, escribí sobre la venganza histórica que han tomado las mujeres, y que padecemos los hombres que tomamos conciencia después de los años 60´, sobre todo, quienes en este momento tenemos más de 16 años y menos de 50. Sabiéndolo y sin saberlo, las mujeres nos han hecho sentir en carne propia, lo que significan los prejuicios que nos sembraron durante casi dos milenos a punta de creencias “cristianas”, y a punta del sufrimiento y exilio de lo femenino.
Y lo escribí, tras la experiencia amorosa más intensa de mi vida, en medio de un despecho feroz que me dolió bultosamente, estimulado por la dosis de sal y limón que cuidadosamente me proporcionaba.
Recordé mi experiencia más feliz y más dolorosa en el campo amoroso, mientras leía, reía y volvía a sufrir –esta vez sin dosis de sal y limón-, Fragmentos de amor furtivo, de Héctor Abad Faciolince (Alfaguara, 1998). Una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos.
Este escritor colombiano, autor también del exquisito Tratado de culinaria para mujeres tristes, recrea, en una ciudad contemporánea y llena de tanta violencia como la mayoría de nuestras ciudades latinoamericanas, la historia de Sherezada y el Sultán desalmado, de las Mil y una noche. Pero esta vez no es Susana, la Sherezada contemporánea, la que corre el riesgo de ser decapitada, sino Rodrigo, el Sultán de nuestros tiempos.
Susana es una mujer abierta al mundo y dispuesta a vencer con su propio cuerpo, a veces consciente y las más inconscientemente, todos los prejuicios armados sobre las relaciones amorosas. Está abierta al mundo y, sobre todo, a los hombres, a quienes disfruta alegremente, y elabora en con su propia piel una tipología de los machos, que andamos aún desconcertados con el despliegue de lo femenino. Como una muestra de amor, decide contarle a Rodrigo todas sus relaciones amorosas que ha tenido, las fugaces y las prolongadas; se abre ante su pareja, y Rodrigo se enfrenta a todos los prejuicios que nos habitan a los hombres, desde el mito de la virginidad hasta el complejo y simple acto de infidelidad. De esta manera, Abad Faciolince, arma una historia donde describe magistralmente, las miserias y las divinidades que se ciernen sobre las relaciones amorosas, en medio de las consecuencias producidas por una moral hipócrita. Pero la lectura de esta novela no está exenta de reflexiones sobre la ética del vínculo amoroso. ¡Cómo sufre y goza Susana los vestigios de la pacatería que nos negamos a abandonar resueltamente! ¡Cómo sufre Rodrigo los celos estúpidos (los retrospectivos), que le impiden vivir completo, integralmente, el amor decisivo de su vida!
La novela invita a una reflexión sobre la manera como debemos afrontar nuestras relaciones amorosas, en estos tiempos en que más nos empecinamos en estar solos. Pero una relación donde se respete el derecho al goce y a la vida de cada uno de los involucrados. Se trata de internalizar una nueva ética del vínculo amoroso, donde el pecado sea jubilado, donde los hombres nos despojemos de tantos mitos y prejuicios, y decididamente nos atrevamos a disfrutar la complejidad que guarda una mujer, permitiéndole manifestarse sin temores, sin que nos colguemos de su piedad y decidan (ellas), qué deben mostrarnos y qué no, pues, por ahora, sólo lo que se guarda, lo que oculta una dama, permite el desenvolvimiento de la relación.
Debemos someter a crítica el cuento del adulterio como un insulto, para comprender y juzgar cada acto en sus circunstancias, y determinar qué acto que se conoce como infiel, es relevante y cuál no, cuáles sirven como luces para decidir conservar una relación, o ponerle punto final sin remordimientos.
Generosamente, el autor de Fragmentos de amor furtivo, sin duda, un profundo conocedor de los laberintos femeninos, nos da pistas para saber qué hacer cuando amamos a una mujer, y descubramos los símbolos, las alertas de que algo está fallando, eso que mi Susana particular me dijo, llevándome una vez un helado a punto de convertirse en agua, al visitarme después de una discusión recurrente, necia de mi parte.
Claro, tampoco es que las mujeres de nuestros tiempos hayan superado todas las consecuencias de los siglos en que fueron sometidas al oscurantismo. Ya no son las débiles del cuento, también ellas deben revisar constantemente su conducta ante los retos fascinantes de la relaciones amorosas entre seres inteligentes, pues muchas veces incurren en actos desesperados o veleidosos, que en definitiva, las perjudican a ellas. Susana nos cuenta muchas de esas conductas.
Y aclaro, hablo de las sherezadas de los tiempos presentes, que no de todas las mujeres.