El proceso histórico democrático venezolano
tiene en los sucesos del 11 de abril de 2002, el inicio del cierre de la
conspiración de la antipolítica y su consecuencia más inmediata: la
satanización de los partidos y organizaciones políticas. Toda democracia cuenta
con el percance de la antipolítica dentro de su proceso de maduración y
consolidación. Si no, revisen la historia de las democracias más sólidas de
Occidente.
A finales de los años ´80 del siglo pasado,
en Venezuela, ante la falta de profundización de la democracia interna de los
partidos políticos hegemónicos y su crisis de representación consecuencial,
surge el movimiento antipartidista y antipolítico. Una manera equivocada –nos
damos cuenta hoy- de enfrentar el problema. Organizaciones de la sociedad
civil, gremios empresariales y de otra índole, pretendieron suplantar las
funciones naturales de los profesionales de la política práctica (para
diferenciarlos de los politólogos o estudiosos de los acontecimientos políticos,
profesión interdisciplinaria, por cierto) y de sus organizaciones: los partidos
políticos.
Recordemos que el caudillo del actual
gobierno se montó sobre esa tesis: a los políticos había que pulverizarlos. Ser
político era sinónimo de corrupto y traidor. El caudillo no era político sino
soldado, heredero de los libertadores y escogido por el pueblo para la venganza
histórica.
Por eso los líderes de la oposición en los
primeros años del caudillismo chavista venezolano, no son políticos, sino
empresarios, líderes de la sociedad civil y de otras organizaciones sociales
(periodistas y dueños de los medios de comunicación). Los políticos habían sido
relegados por las fuerzas reales de poder dentro de la oposición: los medios de
comunicación y los gremios empresariales y sindicales.
Y como era esperable esos líderes de la
oposición carecían de formación política, obviamente, y –resultó coincidencial-
no tenían una sólida cultura democrática. Es la manera de comprender las
decisiones tomadas por los “golpistas” de abril, o por quienes presidieron el
“breve gobierno de facto” encabezado por Carmona Estanga. La disolución de
todos los poderes constituidos, sin discriminación, sólo se le ocurre a alguien
que no cree en las formalidades democráticas, esenciales para garantizar las
libertades y los derechos humanos.
Pero decir lo anterior, no significa que
los líderes de la oposición en los tiempos de abril de 2002, estaban luchando
contra un gobierno democrático y respetuoso de las formalidades del Estado de
derecho y de los valores fundamentales que inspiran los derechos humanos. Todo
lo contrario, estaban enfrentándose a un gobierno con legitimidad electoral
pero que no perdía la oportunidad para irrespetar los principios consagrados en
la Constitución que ellos mismos hicieron aprobar en referendo nacional. Un
gobierno que ya mostraba sus garras de autoritarismo militar y que no cumplía
con los mínimos exigibles a una democracia del siglo XXI.
Las carencias democráticas del gobierno
militarista de Chávez, no justificaban enfrentarlo con armas antidemocráticas y
militaristas. Hoy comprendemos que la lucha contra un gobierno antidemocrático,
militarista, caudillista, personalista, se debe enfrentar con mucha democracia,
con acciones pacíficas, legítimas, aprovechando cualquier rendija para ejercer
los derechos políticos. Sin embargo, para llegar a esa conclusión que -en cierta manera-, es un valor esencial
de la Unidad Democrática, hubo de cometerse crasos errores como los de abril de
2002, la abstención de 2005 y el paradojal protagonismo político de los
antipolíticos. Pero la enorme reflexión colectiva protagonizada alrededor de la
Mesa de la Unidad, ha hecho relucir la lección aprendida: la política es para
los políticos, y en este trance, para todos los ciudadanos de bien, que están
conscientes de su responsabilidad política.
Los venezolanos de hoy estamos viviendo la
síntesis de dos procesos históricos claramente definidos: el proceso
caudillista que viene desde el siglo XIX y el proceso democrático que hunde sus
raíces en lo mejor de la ilustración pre e independentista, en las luchas
civilizatorias del siglo XIX, en la generación del ´28 y del ´58, del siglo
pasado (los movimientos más intensos en pro de la democracia que hemos tenidos
en el país).
El enfrentamiento entre demócratas y
caudillistas durará mucho tiempo en el país (es un enfrentamiento de dos
mentalidades y culturas), pero qué representación de esos movimientos
históricos logre estar en el poder el próximo año, se decidirá el 07 de
octubre. De ese tamaño será la decisión de los ciudadanos venezolanos.