jueves, octubre 12, 2006

Una isla para pensar


La muerte de un alemán en playa El Agua en Margarita y la urgencia de su madre que viaja desde Alemania para saber los detalles, un enigma onírico-literario, la pasión por la gallística, la vida isleña y un hombre honesto y sensible metido a abogado, le sirven al narrador omnisciente para armar una de las mejores obras literarias que se han labrado en Venezuela. Es que La otra isla, de Francisco Suniaga, se encuentra a la altura de Falke, esa gran construcción de Federico Vegas, y al lado de las imprescindibles novelas de la literatura venezolana.

La otra isla es un retrato literario de la Venezuela que tenemos, sin que deje de guiñar el ojo a las particularidades de los margariteños. Es una visión del otro, del extraño, desde la perspectiva de un narrador que conoce la psique de ese otro y que se ubica del lado de acá, del venezolano capaz de ponerse en escena, como eso, como venezolano, sin renunciar al sueño de tener un país terminado de construir, con norte preciso, a pesar del final pesimista que le da a su novela el profesor Suniaga. Esta novela se adentra en la psique del venezolano y la refleja literariamente, a través de personajes que se parecen tanto a nosotros mismos y a los vecinos que tenemos en nuestro terruño, que sólo provoca quitarse el sombrero ante formidable narrador y descriptor de nuestras virtudes y nuestras inconsistencias…

Y toca el tema político actual, los riesgos del fundamentalismo que nos acecha, pero de manera tangencial, pues lo central es el cuento que echa, lo narrado, lo literario, los juegos de erudición sin pedantería de ninguna clase, que lo mantienen a uno pegado de la novela hasta el final. Se trata de una gran novela, sin duda, que se enmarca dentro de esa necesidad de buscarnos, de encontrarnos, que tanto nos urge a los venezolanos.

En lo personal me tocó de cerca lo escindido de nuestra organización judicial y lo esquizofrénico del ejercicio de la profesión del abogado. La descripción es exacta, quizás difícil de hacer desde un ámbito distinto del literario…

Las notas sobre la realidad política, que nunca se le escapan de la mano al narrador, al literato, son precisas y universales. Cualquiera se adhiere a esas disertaciones del psiquiatra Pedro Boada. Cualquiera sabe que el sectarismo, que lo hipolíneo, siempre termina sobre un montón de cadáveres y con un gorila montado en el poder, como dijo el recordado Cabrujas. El recuerdo, ficticio, del caso Njatov en la ex Unión Soviética y su análisis literario-psicológico, refleja los peligros y riesgos que nos jugamos los venezolanos, pero también otros seres y en otros países.

Nada, sólo quería compartir la emoción de terminar esta gran novela. Claro, me habría gustado que el narrador hubiera jugado más con la forma, pero eso no lo quita nada a la construcción literaria…

lunes, octubre 09, 2006

Una década de Letralia y de libros

Letralia, tierra de letras, ha sido una de las experiencias más exitosas de revistas literarias virtuales en toda Hispanoamérica. Por estos días está celebrando una década de constante, paciente y alternativa labor de difusión del quehacer literario en lengua española, y ha aprovechado para consultar a sus lectores y colaboradores sobre los mejores libros de la última década que se hayan publicado en español. La participación no se hizo esperar y la Editorial Letralia acaba de poner en línea un libro digital con las reseñas de la selección y con la lista de todas las publicaciones votadas por los participantes, así como los comentarios de los lectores.

Tuve la oportunidad de participar en las reseñas de los diez mejores libros con un comentario sobre Travesuras de la niña mala, la última novela de Mario Vargas Llosa. Hay muy buenas reseñas, y en especial recomiendo la escrita sobre Los detectives salvajes, esa gran construcción del escritor chileno Roberto Bolaño.

Y que disfruten de la lectura, debajo del samán…

sábado, octubre 07, 2006

Toparse con el arte

Sorprenderse, abismarse, frente a una obra artística, llámese Don Quijote de la Mancha, La calle de Balthus, Tosca de Puccine o El danzón venezolano, es encontrarse con la parte más hermosa que todos los seres humanos llevamos por dentro, sin ninguna otra distinción más que el grado de sensibilidad.

Descubrir a alguien leyendo, en cualquier lado, un libro que uno leyó y disfrutó, o que uno piensa leer, es uno de los hechos que conjura la soledad que irremediablemente padecemos los seres humanos. Sentir que a otro semejante lo conmueve un verso de Ramón Palomares que uno no ha podido sacar de su memoria, es predicar el reconocimiento de su humanidad en el otro, es practicar, sin beaterías, el amor al prójimo.

Recuerdo la desesperación que me dio por leer La Ilíada, cuando mi profesor de literatura de cuarto año de bachillerato, Juan Ramón Suárez, nos leyó con pasión el primer capítulo. Desde entonces la literatura salva mis semanas de angustias laborales y de angustias políticas; porque la única manera como se conjura, parafraseando a T.S. Eliot, el peso de tanta realidad, de tanta miseria, de tanta ausencia, es con el acercamiento a lo estético, en cualquiera de sus manifestaciones, llámese Alexandro Baricco, Marguerette Yourcenar, Louis Armstrong, Modigliani o Luis Zea.

Sin duda, tiene razón el profesor Víctor Bravo cuando anuncia que la única utopía que le queda al hombre es la estética, que lo único que lo puede salvar en su vida individual y como ser co-existencial, es el despertar de su sensibilidad, de su capacidad para transformar la realidad en obras artísticas y transmutar en palabras, colores, formas y sonidos, los desencuentros con el mundo. O, en fin, su capacidad de contemplación.

Quien se acerca oportunamente al arte, quien tiene la gracia de toparse en la vida con un ser humano que haya vivido la experiencia de ser tocado por lo deífico, es un afortunado. Quien se estremezca con el mundo de las intuiciones primarias, y se deje poseer por las bellezas que los humanos han sido capaces de construir, está a salvo. Su sensibilidad irá creciendo poco a poco, y fabricará las oportunidades que desee, incluso si decide ser un desarraigado, un rebelde sin causa, le encontrará a su vida un sentido. Será capaz de matar la realidad y fabricar sus propios mundos. Quien no cuente con esas oportunidades, quien no se tope en la vida con el arte, tendrá menos opciones, incluso, para morir con dignidad.

Y digo todo lo que llevo dicho, porque frente al descalabro que estamos viviendo en el mundo, frente a las matanzas en nombre de la libertad y en nombre de los dioses; frente a la grosera e insoportable realidad política que padecemos los venezolanos, donde los insultos van y vienen, de acera a acera, no hay otra opción para no morirse de la angustia, que refugiarse en los buenos libros, en la buena música, sin renunciar al reclamo, a la exigencia de un gobierno decente; es decir, a contar en los cargos públicos con personas sensibles, en lo social y en lo estético. También la democracia es una obra artística que construimos o destruimos entre todos.

A los venezolanos nos urge toparnos con el arte. Nos urge salir a la calle, abrir el periódico, encender la televisión, y encontrarnos con una manifestación de lo hermoso que llevamos por dentro, de lo sublime que nos acecha, de un verso, de un sonido, de una cara que nos guiñe un ojo de sana complicidad.

jueves, octubre 05, 2006

La literatura en la otra esquina


Solía leer las novelas de Mario Vargas Llosa de uno o dos tirones. Por lo general las comenzaba a leer un viernes en la tarde y las terminaba un domingo en la madrugada. Pero esta vez no pude y como los lectores tenemos derecho a desechar un libro cuando vamos por la mitad o por la cuarta parte, o cuando sea, decidí abandonar la lectura de El paraíso en la otra esquina, y ni siquiera ponerla en compañía, en mi biblioteca, de delicias como La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, Conversación en La Catedral, y otras obras magistrales que han salido de la pluma del escritor peruano.

Es probable que algún día la retome y la lea completa, sólo para cerciorarme de que la voz que juzga a Flora Tristán y Paul Gauguin, y esa mirada irónica por quienes lucharon a su manera, con todos sus vicios y miserias, por transformar sus mundos, el de Flora, con sus ideas socialistas e igualitarias, el de Gauguin, con su vuelta a los orígenes para transformar el arte, siguen presentes allí. Y no se trata de recusar al escritor por trastocar la historia de personas reales, que existieron, pues hace mucho que aprendí sobre la irresponsabilidad de la loca de la casa, como llamó Teresa de Jesús a la imaginación.

Si algo admiro de Vargas Llosa es su formidable capacidad para retratar, describir, crear mundos, con enormes recursos narrativos. Manguel califica a Vargas Llosa de cámara fotográfica, y en eso es casi insuperable, pero cuando opina, cuando trata de hacer teoría política, sencillamente, provoca decirle, como Saramago a Fidel Castro, hasta aquí llego yo.

Basta leer las primeras 150 páginas de El paraíso... para uno comenzar a sentir un escozor, un no sé qué, un abuso del escritor con sus lectores, pues ha debido dejar en libertad a quien sigue sus letras, para sentir conmiseración o admiración por sus personajes. No, uno comienza a decir, pobre loca esta la Tristán, y pobre irresponsable este, el Gauguin. ¿Por qué no se limitó a retratarlos, como hace de costumbre con sus personajes, en vez de juzgarlos, maltratarlos y hacerlos casi repulsivos?

El trasfondo es obvio: Elaborar una burla e ironizar sobre las utopías, descalificar todo intento de transformar el mundo, postura política sobre la cual ya ha escrito bastante el peruano en sus ensayos, y si no le bastaba, pues le habría agradecido que volviera sobre esas ideas en un ensayo histórico, pero no en una novela donde uno espera encontrar refugio para matar la realidad, y no para matar la imaginación.

Sencillo, es mi opinión personal, pero si se trata de literatura comprometida con el pensamiento imperante en Occidente, pues igual la desecho, así como no leo los intentos de utilizar la novela para favorecer cualquier otra sistema.

¿Será que esa voz que me disgustó luego se corporiza, toma forma de personaje que el lector también puede juzgar, en una especie de balanceo? Si así es, pues no me enteraré durante algún tiempo...

miércoles, octubre 04, 2006

Contarla, magistralmente


Cuando terminé de leer Vivir para contarla, del inmenso Gabriel García Márquez, me convencí una vez más de que Cortázar tenía razón: los dioses están en la tierra.

Ese final genial, en el que el promisorio periodista y escritor se marcha por primera vez a Europa, no sin antes dejar bien atada su vida amorosa, me puso peripatético. Eran las dos de la madrugada y, como suele ocurrirme, me moría del insomnio en la cama. Nada, incumplí el juramento que le hice a una amiga de ir leyéndola de a poquito e ir comentándola capítulo por capítulo, como se deben leer y compartir las delicias. Me despaché los dos últimos capítulos hasta las cuatro de la madrugada. Hice rabiar a mis amigos, pero tenía que compartir la emoción del descubrimiento. Los llamaba y gritaba, ¡tierra!, ¡tierra!, y a otros, ¡barco!, ¡barco! Después de escuchar unas cuantas mentadas de madre -y eso que mis amigos me quieren-, me dormí feliz.

Leer Vivir para contarla, es acompañar a un hombre sabio (la sabiduría no llega tan tarde, don Gabo), mientras recuerda y nos echa el cuento de su vida de una manera magistral, y al mismo tiempo, ir recordando la de uno. Engancha con su vida y sus peripecias, y uno se engancha de sus propios recuerdos.

Vivir para contarla, no es otra cosa sino la vida de un ansioso y acontecido aspirante a escritor, pero que vive con tanta intensidad los hechos más inverosímiles, que sin duda estaba destinado a develarnos los misterios de nuestra propia cotidianidad. No hay en Latinoamérica, alguien que lea Cien años de soledad, El Coronel no tiene quien le escriba, El amor en los tiempos del cólera..., y no se sorprenda con que algunos o todos los personajes que reconstruye magistralmente García Márquez, se le parezca tanto a la abuela, a un tío, a un tío abuelo, a un hermano, a un sobrino...

¿Qué les digo que ya no haya sido dicho por los grandes lectores de García Márquez? Sólo que –y dudo que ya no haya sido dicho- mientras uno lee Vivir para contarla, descubre de dónde han salido a chorros esos enormes, increíbles y cotidianos personajes que han hecho nuestra delicia como lectores. También diré que el manejo del tiempo es tan impresionante o mejor que como lo hizo en Cien años de soledad, y que uno le agradece a Gabo que haya tenido la amabilidad de contarnos su enorme vida, y que uno aprende a recordar, leyendo al nóbel colombiano recordar. En fin, que uno debería vivir para recordar con dignidad, y eso, es difícil. “Difícil”, en el sentido que utiliza esta palabra Simonides, aquel poeta griego tan caro a Sócrates.

Susana, la Sherezada de nuestros tiempos


Hace algunos años, escribí sobre la venganza histórica que han tomado las mujeres, y que padecemos los hombres que tomamos conciencia después de los años 60´, sobre todo, quienes en este momento tenemos más de 16 años y menos de 50. Sabiéndolo y sin saberlo, las mujeres nos han hecho sentir en carne propia, lo que significan los prejuicios que nos sembraron durante casi dos milenos a punta de creencias “cristianas”, y a punta del sufrimiento y exilio de lo femenino.

Y lo escribí, tras la experiencia amorosa más intensa de mi vida, en medio de un despecho feroz que me dolió bultosamente, estimulado por la dosis de sal y limón que cuidadosamente me proporcionaba.

Recordé mi experiencia más feliz y más dolorosa en el campo amoroso, mientras leía, reía y volvía a sufrir –esta vez sin dosis de sal y limón-, Fragmentos de amor furtivo, de Héctor Abad Faciolince (Alfaguara, 1998). Una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos.

Este escritor colombiano, autor también del exquisito Tratado de culinaria para mujeres tristes, recrea, en una ciudad contemporánea y llena de tanta violencia como la mayoría de nuestras ciudades latinoamericanas, la historia de Sherezada y el Sultán desalmado, de las Mil y una noche. Pero esta vez no es Susana, la Sherezada contemporánea, la que corre el riesgo de ser decapitada, sino Rodrigo, el Sultán de nuestros tiempos.

Susana es una mujer abierta al mundo y dispuesta a vencer con su propio cuerpo, a veces consciente y las más inconscientemente, todos los prejuicios armados sobre las relaciones amorosas. Está abierta al mundo y, sobre todo, a los hombres, a quienes disfruta alegremente, y elabora en con su propia piel una tipología de los machos, que andamos aún desconcertados con el despliegue de lo femenino. Como una muestra de amor, decide contarle a Rodrigo todas sus relaciones amorosas que ha tenido, las fugaces y las prolongadas; se abre ante su pareja, y Rodrigo se enfrenta a todos los prejuicios que nos habitan a los hombres, desde el mito de la virginidad hasta el complejo y simple acto de infidelidad. De esta manera, Abad Faciolince, arma una historia donde describe magistralmente, las miserias y las divinidades que se ciernen sobre las relaciones amorosas, en medio de las consecuencias producidas por una moral hipócrita. Pero la lectura de esta novela no está exenta de reflexiones sobre la ética del vínculo amoroso. ¡Cómo sufre y goza Susana los vestigios de la pacatería que nos negamos a abandonar resueltamente! ¡Cómo sufre Rodrigo los celos estúpidos (los retrospectivos), que le impiden vivir completo, integralmente, el amor decisivo de su vida!

La novela invita a una reflexión sobre la manera como debemos afrontar nuestras relaciones amorosas, en estos tiempos en que más nos empecinamos en estar solos. Pero una relación donde se respete el derecho al goce y a la vida de cada uno de los involucrados. Se trata de internalizar una nueva ética del vínculo amoroso, donde el pecado sea jubilado, donde los hombres nos despojemos de tantos mitos y prejuicios, y decididamente nos atrevamos a disfrutar la complejidad que guarda una mujer, permitiéndole manifestarse sin temores, sin que nos colguemos de su piedad y decidan (ellas), qué deben mostrarnos y qué no, pues, por ahora, sólo lo que se guarda, lo que oculta una dama, permite el desenvolvimiento de la relación.

Debemos someter a crítica el cuento del adulterio como un insulto, para comprender y juzgar cada acto en sus circunstancias, y determinar qué acto que se conoce como infiel, es relevante y cuál no, cuáles sirven como luces para decidir conservar una relación, o ponerle punto final sin remordimientos.

Generosamente, el autor de Fragmentos de amor furtivo, sin duda, un profundo conocedor de los laberintos femeninos, nos da pistas para saber qué hacer cuando amamos a una mujer, y descubramos los símbolos, las alertas de que algo está fallando, eso que mi Susana particular me dijo, llevándome una vez un helado a punto de convertirse en agua, al visitarme después de una discusión recurrente, necia de mi parte.

Claro, tampoco es que las mujeres de nuestros tiempos hayan superado todas las consecuencias de los siglos en que fueron sometidas al oscurantismo. Ya no son las débiles del cuento, también ellas deben revisar constantemente su conducta ante los retos fascinantes de la relaciones amorosas entre seres inteligentes, pues muchas veces incurren en actos desesperados o veleidosos, que en definitiva, las perjudican a ellas. Susana nos cuenta muchas de esas conductas.

Y aclaro, hablo de las sherezadas de los tiempos presentes, que no de todas las mujeres.

Son dos


I

Ella, la de ella


Ella camina y se come el mundo. Habla, sonríe y quita el aliento. Y uno se pregunta, ¿estará consciente de esa enormidad? ¡Qué importa! Es ella, la de Ella


Ella, la mía


Fue como un asalto, como una violación visual, y se enterró en lo profundo. Le puse agua y germinó. Ahora crece y se extiende. La siento en el pecho, en el abdomen y miro el mundo a través de Ella, la mía.


Ella, la de ella


Su mirada no sólo es óptico-lumínica, como diría el filósofo de Tusmare. No sólo es visual su mirada. Mira con todo el cuerpo, y uno desarmado, sólo atina a contemplar y a aguardar un profundo silencio. El silencio de uno es la respuesta. ¿Estaré citando a San Agustín? Mi mirada era la pregunta, dice el Obispo de Hipona, su belleza era la respuesta.


Ella, la mía


Lo sé. La he fabricado con mi deseo y con ayuda de “la loca de la casa” como diría Santa Teresa de Jesús, pero, ¿quién es el otro sino el que uno desea que sea? Eso lo preguntó alguien que ahora no tengo ánimos académicos para averiguar entre mis libros quién diablos fue. Lo único que sé, es que Ella es mía.


Ella, la de ella


¿Qué hace cuando se le atraviesa un enamorado, un Cronopio que adora el olor de las flores y en vez de arrancarlas duerme una siesta a su sombra? ¿Se enternece? ¿Se asusta luego? ¿O piensa cómo diablos no lastimarlo? ¿Aceptará los labios que se le ofrecen? ¿Dirá que no, así, sin tomarse la molestia de pensarlo? ¿Caminará tan rápido?


Ella, la mía


Está abierta al mundo. Es libre.


Ella, la de ella


¿Apelará a su orgullo? ¿Se le olvidará el orgullo del otro? ¿Alegará la dignidad del otro? ¿Y el otro no piensa, no es orgulloso, no es enorme, no es digno? ¿Y el otro no piensa, no va, no actúa? ¿El otro sólo espera? Ella decide, ella es capaz de olvidar, y, ¿el otro no será capaz? ¿Será tan débil, vivirá de fantasías, de expectativas no causadas?


Ella, la mía


Es.




II


Cargo con Ella en el centro de mi masa colorada (¿fue Kipling o Tito Fernández quien lo dijo?). Cargo placenteramente con Ella. ¿Me duele? A veces me duele. ¿Te molesta mi amor?, casi canto con Silvio Rodríguez. ¿Te molesta?

Lo ideal es que se junte Ella, la de ella, con Ella, la mía. Es lo ideal. Siempre somos dobles. ¿Y si se juntaran, y si se fusionaran? Se completaría mi ansiedad, se completaría mi amor.

Pero, como dice el Gran Poeta, Pablo Neruda (así concluyo):


Sabrás que no te amo y que te amo
puesto que de dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene una mitad de frío.

Yo te amo para comenzar a amarte,
para recomenzar el infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.

Te amo y no te amo como si tuviera
en mis manos la llave de la dicha
y un incierto destino desdichado.

Mi amor tiene dos vidas para amarte.
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.