sábado, julio 03, 2010

El poder y las víctimas de las catástrofes


Toda relación de los seres humanos con el poder, y especialmente con el poder político, económico y jurídico que ejerce el Estado, trae consecuencias, casi siempre, funestas, a pesar de las “buenas” intenciones de quienes representan al Estado. Por eso no son descabelladas las ideas que propugnan la desaparición del Estado, a pesar de que los intentos de ejecutarlas, han terminado con estados más monstruosos de los que se suponía trataban de desmontar: estados con burocracias totalitarias. Pero la idea utópica de desmontar el Estado, cualquier sea la ideología que lo revista, sigue siendo válida e higiénica en el pensamiento político.
Digamos ejemplos para tratar de explicarnos mejor. La relación entre el Estado-punitivo o castigador de las “desviaciones sociales” y el ser humano (delitos y penas), resulta casi siempre en la destrucción de seres humanos (pensemos nada más en las cárceles que tenemos en nuestro país). La relación entre el Estado-administrador y los particulares, termina dañando y perjudicando los bienes, la libertad, la conciencia y la integridad de los seres humanos (observemos lo que ocurre con el control de cambio y sus consecuencias para la libertad de los venezolanos).
Y si nos metemos en las honduras psíquicas de las consecuencias que se derivan para quienes ejercen el poder estatal, basta con recordar esa frase tan citada y certera de Lord Acton: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
En síntesis, la relación con el poder, casi siempre, termina perjudicando a seres humanos, que es una forma de dañar a la humanidad toda. Así que pensar en la disolución de todo poder, no es nada descabellado cuando se trata de afirmar la humanidad y su concreción: la dignidad y los derechos humanos. La gran pregunta, tan vieja como la capacidad de pensar, es cómo organizar la vida social sin relaciones de poder.
Todo lo dicho me sirve nada más de excusa para invitar a leer Poder y catástrofe (Venezuela bajo la tragedia de 1999*), de quien, seguramente, está llamada a convertirse en la mejor antropólogo venezolana, Paula Vásquez Lezama.
Creo que es la primera vez que se estudia una de las catástrofes venezolanas, en relación con el poder estatal, de manera tan documentada y con tanta lucidez, y, como si fuera poco, narrada y expuesta con un estilo lleno de frescura y amenidad, a pesar de la naturaleza trágica del tema y del rigor académico.
Paula Vásquez analiza los pormenores de la relación entre las víctimas (damnificados) de la Tragedia de Vargas y los funcionarios encargados por el Estado de “dignificarlos”, por orden presidencial. Nos muestra de manera contundente las perversiones de esa relación de poder, en las cuales lo humano sufre y es golpeado: seres humanos desamparados que caen en las trampas de una burocracia ineficiente y que se inventan y reinventan para poder salir de ese entramado.

Poder y catástrofe, es un libro que nos aporta todos los elementos necesarios para comprender lo que nos pasó a los venezolanos en la Tragedia de Vargas, y especialmente, lo que nos pasó con el Estado y desde el Estado. De manera inteligente no adelanta opinión, sino información, definiciones y testimonios delicadamente narrados, para ir comprendiendo la tragedia, la natural y la social y política, pues no se sabe aún cuál fue peor, cuál dañó más la humanidad de los seres involucrados directamente.
*Editorial Taurus, Caracas, 2009.
Artículo publicado en Papel Literario de El Nacional, el día sábado 17 de julio de 2010.

viernes, marzo 05, 2010

Acercanzas

Hay palabras de las que uno se enamora de inmediato. Me pasó ayer mientras leía la interesante entrevista digital de alguien poco digital como Javier Marías, en El País.
Marías, de quien solo he leído la cáustica novela Mañana en la batalla piensa en mí, fue gentil con los internautas y respondió con generosidad preguntas inteligentes y preguntas comunes que se le formulan a un escritor en este tipo de encuentros, con ese sentido de la ironía y del sarcasmo que tanto encanta en este fabulador genial.
Lo que se me quedó para siempre de la entrevista comentada fue el afán de Marías por salvar del olvido la palabra acercanza. Bella palabra. Me fascina...

domingo, febrero 28, 2010

Invictus o la lucha por conquistar más humanidad

Definitivamente Mandela no se dejó dañar el alma a pesar de haber sido víctima de un sistema infame, de una de las últimas infamias “institucionalizadas” del s. XX: el Apartheid. Y esa lucha espiritual que llevó a cabo consigo mismo para no dejarse poseer por el demonio inexorcisable del resentimiento, es el centro de esta hermosa película dirigida por la sorpresa del cine norteamericano en la que se ha convertido Clint Eastwood.

Allí está la belleza de la película, en enfocar, en tener como punto de vista la capacidad de un ser humano cultivado, para saber apreciar, percibir y aprovechar para la humanidad toda, una rendija para el cultivo de la dignidad, de los valores más poderosos del hombre, fundados en su capacidad para perdonar, uno de los aportes más hermosos del cristianismo a la civilización.

Y sólo personas con sensibilidad artística y humana, pueden concebir una película como Invictus. Un deporte que podría ser execrado como violento e inhumano, una pasión, es utilizada para darle un chance a millones de personas para enterarse que pueden tener motivos comunes que los hermanen, a pesar de todas las diferencias.

El Mandela de Eastwood supo leer a su país desde la humildad y la bondad humana, que hacen despertar las ganas de creer en un mundo mejor, a pesar de tanta estupidez que cargan las noticias diarias, y que crean tanto padecimiento y sufrimiento.

Invictus es para mí, una linda mirada sobre lo hermoso que habita a los seres humanos que no se rinden ante la maldad. Es una mirada que tiene como protagonista a un ser humano que siempre ha luchado por eso, por conquistar más humanidad.

domingo, febrero 07, 2010

En memoria

EL NACIONAL - Domingo 07 de Febrero de 2010Siete Días/5

Siete Días

cultura

La voluntad de escribir hasta el último segundo

El periodista argentino Jorge Fernández Díaz relata la tarde que un día de enero compartió con su amigo Tomás Eloy Martínez, cuando ambos sabían que en pocos días se encontraría con la muerte. "A pesar de la enfermedad y del cansancio, nunca dejó de escribir"



LA NACIÓN ARGENTINA
JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ





Y a no tenía sonrisas.

La parálisis muscular no le impedía todavía hablar, aunque es cierto que lo hacía lenta y apagadamente. El tumor cerebral con el que luchaba desde hacía tres años, atacaba su motricidad y le había ido anulando miembro a miembro, centímetro a centímetro, como en un perverso juego de compuertas que lo iba dejando sin salida. Primero le inutilizó un brazo, luego le entorpeció las piernas.

Tomamos el té una tarde de enero. Nos acompañaban su hijo Gonzalo, un excelente fotógrafo, y Florencia, una de las nietas de Tomás Eloy, que nos sirvió amorosamente sándwiches y helados, agua y café.

Tomás me había invitado hacía dos semanas, cuando me contó por teléfono que el deterioro ya era irreversible y también que, consciente de todo, estaba disponiendo dolorosamente las últimas cosas.

"¿Qué necesitás, Tomás?", le pregunté al final de aquella conversación, puesto que nada se le puede decir a un hombre que va a morir y lo sabe. "Te necesito a vos", me respondió.

En un llamado aparte, Gonzalo me ratificó que su padre ya no tenía oportunidad y que se estaba despidiendo de sus amigos. También que quería reparar a último momento algunas diferencias que habíamos tenido en el fragor del parto de la revista AdnCultura, hacía dos años, cuando discutimos, más de una vez, por cuestiones periodísticas y metodológicas. Nuestro afecto, a pesar de esas broncas momentáneas, nunca se había alterado, y poco después ya nuestra vieja amistad había retomado las rutinas de siempre. Pero Tomás se empecinaba en cerrar por completo un capítulo que ya estaba cerrado y en darme, como toda la vida, sus consejos literarios.

Lo conocí personalmente hace mucho tiempo, cuando acababa de terminar Santa Evita, pero era mi ídolo total en los años ochenta, cuando leí su obra maestra: Lugar común la muerte, y también La novela de Perón, que aparecía por entregas en el semanario político El Periodista. Siempre creí, y Tomás terminó aceptándolo, que La novela de Perón y Santa Evita formaban una sola obra en dos actos.

Ese libro monumental, que se publicará alguna vez, noveliza nada más y nada menos que la historia mítica del peronismo. Perón, Evita y López Rega (Lopecito) son en ese libro fundamental de la literatura moderna, personajes ficcionales inventados por Tomás Eloy Martínez. Y son, a la vez, acaso más verdaderos que las figuras auténticas puesto que suele haber más verdad en la ficción que en la realidad.

Al llegar a su apartamento de la avenida Pueyrredón lo abracé y le di un beso y me senté, simulando, con verborragias optimistas, que su postración no me impresionaba.

Apenas podía utilizar su mano derecha, tenía que dictar sus columnas quincenales, y había un libro de tapas rojas abierto en un costado: estudiaba la cultura narco en América Latina. No quería abandonar ese artículo que alternaba cada dos semanas en La Nación con su amigo Mario Vargas Llosa. No quería abandonarlo pese a la tremenda presión y fatiga y las dificultades motrices que lo acechaban. Hacía esfuerzos sobrehumanos para no incumplir. Dormía cuatro o cinco horas y "se arrastraba" hacia la computadora, los libros, los apuntes, la libreta.

"Escribir es la única razón para seguir vivo", me dijo. "Pero siempre fue así, Tomás", le respondí, exagerando. Asintió brevemente. No podía sonreír, ni siquiera con los ojos.

A lo largo del té, lanzó ironías e hizo chistes, pero sin abandonar esa tristeza profunda, abismal, esa sombra en el ceño, ese velo de oscuridad en la mirada. No era un problema muscular: estaba rodeado de muerte; lúcido en un cuerpo inmóvil. Circunspecto, lúgubre, atrapado en una cuenta regresiva que nadie podía detener.

Una línea más. Su hijo había tratado en vano de reconfortarlo con el más allá, pero, ni aun en esos durísimos trances, el autor de Purgatorio –un agnóstico consumado– había cedido al chantaje del cielo ni del infierno, como decía Borges. Era de una conmovedora valentía, y allí estaba con nosotros, tomando el té, sabiendo que le quedaban días de vida. Y que sólo le restaba pelearle a la muerte un día, una página, una línea más de aquella novela que seguía escribiendo contra esa bomba de tiempo.

Tenía para mí un regalo muy especial, conmovedoramente envuelto sobre la mesa, y algunos comentarios proféticos y unas cariñosas recomendaciones sobre mis crónicas sabatinas y sobre mis novelas de amor. Y yo quise llevármelo de ese clima de postrero, y le pregunté por sus amigos remotos.

Con Carlos Fuentes estaba en contacto permanente.

Con Gabriel García Márquez últimamente no hablaba, pero sí con Mercedes, la mujer del premio Nobel, que lo llamaba de tanto en tanto. De Paul Auster se despidió en Estados Unidos, antes de regresar definitivamente a Argentina. Auster le había enviado Invisible. "No es, como dice, su mejor novela, pero es muy buena –dictaminó–. Su mejor novela sigue siendo El palacio de la Luna". Le retruqué con La invención de la soledad y me quedé con la elección de ese título memorable.

Hablamos de títulos: Tomás sabía perfectamente por qué La casa pasó a llamarse Cien años de soledad, cómo la editorial desechó el título que Vargas Llosa traía y le impuso La ciudad y los perros. Tomás fue un gran estudioso del boom latinoamericano, se codeó con los grandes titanes literarios de la región y conocía los secretos de todas esas novelas. Le recordé que Santa Evita no se llamaba de esa manera mientras él estaba escribiéndola. "Es cierto –me dijo–. Pero olvidé qué título le había puesto". Yo no lo había olvidado: La moribunda. Me miró como si repasara una y otra vez esa palabra. Supe en seguida lo que estaba pensando en aquella dolorosa tarde de enero.

Luego charlamos un rato largo acerca de El Olimpo, una novela corta que escribía por encargo de una prestigiosa editorial inglesa. Me contó que la novela tendría tres niveles: el Olimpo de la mitología griega, el uso del Olimpo por los nazis y finalmente el centro clandestino del barrio de Vélez Sarsfield que abrió la última dictadura militar argentina. "Las historias se entrelazan hasta el final", susurró. Luchaba todos los días, en medio de su tempestad, para poner el punto final antes de morir.

Los escritores no miden su futuro por la cantidad de viajes, mujeres, ratos o adquisiciones, sino por la cantidad de libros que no podrán escribir.

"¿Qué vas a hacer después de El Olimpo?", le pregunté con ingenuidad.

Quería hacer un ensayo sobre todo lo que había aprendido alrededor del difícil arte de escribir. Y me narró, como tantas veces, el libro pendiente por dentro. Cómo tomaría de base varias clases que había dado en distintas universidades estadounidenses a lo largo de más de 30 años y cómo contaría allí que Borges era un periodista de alma aunque no lo sabía.

El periodismo como arte. "¿Será sobre el oficio de escribir novelas y cuentos, o sobre las crónicas?", pregunté. Me respondió con su clásica declaración de principios: "Para mí la literatura y el periodismo son exactamente lo mismo". Se refería, claro está, a los mecanismos narrativos de la non fiction, a la crónica como literatura mayor, al articulismo como rama de la literatura. Tomás había logrado, como muy pocos, elevar el periodismo a la categoría de obra de arte.

Me di cuenta, de repente, de que por primera vez me estaba relatando un libro que no llegaría a escribir. Él y yo sabíamos, aquella tarde última, que la lección del oficio quedaría huérfana, que aquel legado de Tomás Eloy Martínez tendría que ser escrito por otros. Que todo se trataba, esta vez, de ilusiones vanas.

Nos abrazamos y nos dijimos, ya sin pudores, que nos queríamos. Nos prometimos, con hermosas mentiras, cosas para un futuro que no existía.

Bajé luego con Gonzalo hasta la planta baja. El hijo me dijo que su padre no podría seguir escribiendo las columnas de los sábados y me relató minuciosamente cómo sería la secuencia ineludible del adiós. Me ratificó, ya en el umbral y sin adornos, que aquel encuentro doliente era una despedida.

Hacía un calor tremendo en la calle, pero yo sentía frío. Me acordé, en la niebla del taxi, de una idea recurrente de Tomás Eloy: "Nos pasamos la vida buscando lo que ya hemos encontrado".

Él se pasó la vida buscando la gloria literaria sin darse cuenta de que ya la tenía. Esa búsqueda seguiría hasta el último minuto. Con el último aliento escribiría lo de siempre: una línea más. Una más.

miércoles, febrero 03, 2010

Las tentaciones del poder


"Los grandes hombres son casi siempre malas personas"

Lord Acton

Hay una frase trillada de Lord Acton (Inglaterra, 1834-1902), que es como una esmeralda bien pulida, en medio de la basura humana: “El poder tiende a corromper, el poder absoluto, corrompe absolutamente”. Uno regresa a esa frase porque es sabia, desafiante y muchas veces vapuleante y abofeteante.

Pero que esta frase tan repetida y muchas veces despreciada y negada, la haya elaborado un historiador de la libertad como Acton, resulta en extremo interesante: Una persona que se dedicó a estudiar el más grande anhelo humano (la libertad) concluye que el poder corrompe, que el poder degenera, que el poder deshumaniza, que le quita lo más hermoso que habita al ser humano: la capacidad para hacer el bien, y no mirar a quién, como aquella frase del viejo programa cómico de la televisión venezolana, ya desaparecido, creo…

Por eso muchos sabios aconsejan huirle al ejercicio del poder, porque es la tentación máxima que un ser humano puede soportar, y el enemigo extremo que puede confrontar. Thomas Maculay, un poco más viejo que Acton, decía que “La prueba suprema de virtud consiste en poseer un poder ilimitado sin abusar de él”. Y Lincoln, quien ejerció el poder con suma prudencia en el mismo siglo de Acton, dijo aquello tan repetido: “Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”.

domingo, enero 31, 2010

Protestas

Desde el martes 26 hasta el sábado 30 de enero de este año, hubo protestas al lado de mi domicilio. Unos muchachos se reunieron en el cruce de la avenida Venezuela con la avenida Los Leones, y comenzaron a exhibir pancartas con el eslogan exitoso “Tas ponchao” y a gritar que eran estudiantes y que pedían libertad. Los vecinos aplaudían y tocaban las cacerolas, mientras se armaban sendas trancas de vehículos en pleno atardecer.

No, no estoy de acuerdo con esta forma de protestar. Trancar una vía pública debería ser una de las últimas formas de protesta. Me gustan las protestas inteligentes, desafiantes de los lugares comunes, esas que llegan por una lado cuando todos las esperan de frente… Como la protagonizada por los chamos en los juegos de béisbol…

Pero debe dejar anotado aquí, una escena parecida a una persecución de las películas cómicas de antaño. El jueves o el viernes, cuando ya había violencia en medio de las protestas (cauchos quemados, improperios y represión de las Guardia Nacional), desde mi ventana vi a un muchacho que corría despavorido por una vía interna de la urbanización Fundalara II, perseguido por cuatro guardias motorizados. El muchacho saltó la verja de una de las casas y los guardias se pararon frente a ellas con sus pistolas en ristre. Otros zagaletones se pararon en la esquina de la calle y le lanzaron cohetes de fuegos artificiales. Uno de esos cohetes por poco alcanza la cabeza de uno de los gendarmes públicos. El muchacho perseguido trató de esconderse dentro de la casa, pero todo estaba cerrado. Los dueños de la casa ya estaban durmiendo o viendo televisión.

Dos gendarmes saltaron la verja de la casa y violaron el domicilio de estos vecinos, quienes salieron, trataron de calmar a las partes, abrieron la puerta y el muchacho fue arrestado. Creo que lo liberaron al día siguiente y la prensa no informó qué fue lo hizo este estudiante para merecer tan enérgica y violenta persecución.

El sábado, mi esposa vio cómo vecinos enfurecidos de la Urbanización Fundalara II insultaban a cuatro policías que vigilaban dentro de la urbanización. La discusión se aceleró y los vecinos y los policías entraron en una reyerta de sacudones y empujones, que paró cuando otros policías enredados con sus equipos antimotines, se presentaron y calmaron a los vecinos enardecidos. Había mucha rabia en estos vecinos míos…