miércoles, octubre 04, 2006

Contarla, magistralmente


Cuando terminé de leer Vivir para contarla, del inmenso Gabriel García Márquez, me convencí una vez más de que Cortázar tenía razón: los dioses están en la tierra.

Ese final genial, en el que el promisorio periodista y escritor se marcha por primera vez a Europa, no sin antes dejar bien atada su vida amorosa, me puso peripatético. Eran las dos de la madrugada y, como suele ocurrirme, me moría del insomnio en la cama. Nada, incumplí el juramento que le hice a una amiga de ir leyéndola de a poquito e ir comentándola capítulo por capítulo, como se deben leer y compartir las delicias. Me despaché los dos últimos capítulos hasta las cuatro de la madrugada. Hice rabiar a mis amigos, pero tenía que compartir la emoción del descubrimiento. Los llamaba y gritaba, ¡tierra!, ¡tierra!, y a otros, ¡barco!, ¡barco! Después de escuchar unas cuantas mentadas de madre -y eso que mis amigos me quieren-, me dormí feliz.

Leer Vivir para contarla, es acompañar a un hombre sabio (la sabiduría no llega tan tarde, don Gabo), mientras recuerda y nos echa el cuento de su vida de una manera magistral, y al mismo tiempo, ir recordando la de uno. Engancha con su vida y sus peripecias, y uno se engancha de sus propios recuerdos.

Vivir para contarla, no es otra cosa sino la vida de un ansioso y acontecido aspirante a escritor, pero que vive con tanta intensidad los hechos más inverosímiles, que sin duda estaba destinado a develarnos los misterios de nuestra propia cotidianidad. No hay en Latinoamérica, alguien que lea Cien años de soledad, El Coronel no tiene quien le escriba, El amor en los tiempos del cólera..., y no se sorprenda con que algunos o todos los personajes que reconstruye magistralmente García Márquez, se le parezca tanto a la abuela, a un tío, a un tío abuelo, a un hermano, a un sobrino...

¿Qué les digo que ya no haya sido dicho por los grandes lectores de García Márquez? Sólo que –y dudo que ya no haya sido dicho- mientras uno lee Vivir para contarla, descubre de dónde han salido a chorros esos enormes, increíbles y cotidianos personajes que han hecho nuestra delicia como lectores. También diré que el manejo del tiempo es tan impresionante o mejor que como lo hizo en Cien años de soledad, y que uno le agradece a Gabo que haya tenido la amabilidad de contarnos su enorme vida, y que uno aprende a recordar, leyendo al nóbel colombiano recordar. En fin, que uno debería vivir para recordar con dignidad, y eso, es difícil. “Difícil”, en el sentido que utiliza esta palabra Simonides, aquel poeta griego tan caro a Sócrates.

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