
Solía leer las novelas de Mario Vargas Llosa de uno o dos tirones. Por lo general las comenzaba a leer un viernes en la tarde y las terminaba un domingo en la madrugada. Pero esta vez no pude y como los lectores tenemos derecho a desechar un libro cuando vamos por la mitad o por la cuarta parte, o cuando sea, decidí abandonar la lectura de El paraíso en la otra esquina, y ni siquiera ponerla en compañía, en mi biblioteca, de delicias como La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, Conversación en La Catedral, y otras obras magistrales que han salido de la pluma del escritor peruano.
Es probable que algún día la retome y la lea completa, sólo para cerciorarme de que la voz que juzga a Flora Tristán y Paul Gauguin, y esa mirada irónica por quienes lucharon a su manera, con todos sus vicios y miserias, por transformar sus mundos, el de Flora, con sus ideas socialistas e igualitarias, el de Gauguin, con su vuelta a los orígenes para transformar el arte, siguen presentes allí. Y no se trata de recusar al escritor por trastocar la historia de personas reales, que existieron, pues hace mucho que aprendí sobre la irresponsabilidad de la loca de la casa, como llamó Teresa de Jesús a la imaginación.
Si algo admiro de Vargas Llosa es su formidable capacidad para retratar, describir, crear mundos, con enormes recursos narrativos. Manguel califica a Vargas Llosa de cámara fotográfica, y en eso es casi insuperable, pero cuando opina, cuando trata de hacer teoría política, sencillamente, provoca decirle, como Saramago a Fidel Castro, hasta aquí llego yo.
Basta leer las primeras 150 páginas de El paraíso... para uno comenzar a sentir un escozor, un no sé qué, un abuso del escritor con sus lectores, pues ha debido dejar en libertad a quien sigue sus letras, para sentir conmiseración o admiración por sus personajes. No, uno comienza a decir, pobre loca esta la Tristán, y pobre irresponsable este, el Gauguin. ¿Por qué no se limitó a retratarlos, como hace de costumbre con sus personajes, en vez de juzgarlos, maltratarlos y hacerlos casi repulsivos?
El trasfondo es obvio: Elaborar una burla e ironizar sobre las utopías, descalificar todo intento de transformar el mundo, postura política sobre la cual ya ha escrito bastante el peruano en sus ensayos, y si no le bastaba, pues le habría agradecido que volviera sobre esas ideas en un ensayo histórico, pero no en una novela donde uno espera encontrar refugio para matar la realidad, y no para matar la imaginación.
Sencillo, es mi opinión personal, pero si se trata de literatura comprometida con el pensamiento imperante en Occidente, pues igual la desecho, así como no leo los intentos de utilizar la novela para favorecer cualquier otra sistema.
¿Será que esa voz que me disgustó luego se corporiza, toma forma de personaje que el lector también puede juzgar, en una especie de balanceo? Si así es, pues no me enteraré durante algún tiempo...
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