· Alberto Manguel hace un ejercicio narrativo desde la erudición. Toma un personaje gris y nos muestra sus partes lumínicas o al revés. O tal vez nos muestra lo hermoso y patético que puede ser un x, cualquiera, pues. Se trata de El amante extremadamente puntilloso. La mirada y las polémicas formas del deseo, hacen de esta corta novela una maravilla de las que vienen en frascos pequeños. La disfruté mucho, mientras descubría el placer de caminar en Sabana Grande y sin buhoneros, desde el jueves 06 hasta el sábado 08 de marzo. La semana pasada, nomás.
· Juan José Millás, se une al grupo de excelentes novelas que están apareciendo en español con un tema eterno, bíblico, mítico y psicológico, o todo a la vez. El tema del padre (hemos comentado La enfermedad y El olvido que seremos, vinculados por el tema). Esa relación tremenda que enfrentamos los padres y los hijos. Los hijos y los padres. Se trata de parte de sus memorias, según ha confesado este excelente escritor español, y mediante sus memorias, nos echa el cuento de la España que le tocó y le toca vivir. Una prosa exquisita, una reconstrucción del mirar de un niño, un humor negro y un sentido de la ironía a toda prueba. Esa es la novela, El mundo, que ganó el codiciado y opulento premio Planeta este año, el cual tuvo como finalista a un escritor venezolano, muy mediático él.
· Y ahora, disfruto de la cuidada pluma de Federico Vegas y su libro de ensayos La ciudad y el deseo. Para aprender a querer a una desquerida mujer, Caracas.
· Y todo, mientras recorría las maravillosas tasca-restaurantes que nos quedan en Chacaíto y subía al Ávila, para aprender a querer rodeado de flores, muchos verdes y neblina… Y conocer a un asturiano que se le da por rescatar a los solitarios en las tascas de Chacaíto. Ya les comentaré sobre ese encuentro con un empresario español, con todos los años en Venezuela, que descubre fácilmente a un musitador solitario, y lo invita a comer almejas en salsa verde en La Huerta, ahí, muy cerca…
martes, marzo 11, 2008
Mientras camino
sábado, febrero 23, 2008
El olvido que seremos

Esta semana que andaba tratando de recuperar espacios, físicos y emocionales, luego de meses metido en mi trabajo de asesor, me conseguí, en casa de mi suegra que es mi mejor amiga, con las primeras páginas de El olvido que seremos, y no descansé hasta que terminé de leer el testimonio tierno y detallado, verídico, de un hijo que pierde a su padre, un hermoso padre, en medio de su lucha (la del padre) en contra de lo primitivo que aún somos en la vida pública. Héctor Abad Facciolince recurre a su memoria y nos cuenta la relación tierna, encantadora, sensible, de gran finura humana, que sostuvo con su padre, asesinado por los fanáticos paramilitares que han asolado a Colombia con el apoyo de su (des)gobierno.
Da envidia el padre del creador de esa obra desconcertante para los esquemas literarios modernos que es Tratado de culinaria para mujeres tristes y de la gozosa Fragmentos de amor furtivo, que tanto disfruté en su momento, pero genera angustia y compasión por el dolor de quien perdió a su padre, un luchador por un mundo mejor, más saludable, menos desigual, con menos gente hambrienta y víctima de enfermedades que se pueden prevenir con solo contar con agua potable y una buena alimentación…
Y esa relación de amor filial contada por Abad, le permite a uno ir revisando su propia historia como hijo y como padre. Esa historia que marca a los seres humanos de manera decidida en la vida. Mientras leía recordaba a mi viejo y comencé a querer más a mis hijos. Esas personas que son las más cercanas que uno puede tener en la vida.
Abad aprovecha para elaborar su particular Yo acuso, que ya nos enseñó hace más de un siglo Émile Zola, pero al mismo tiempo nos invita a revisar nuestra propia historia filial y paternal.
Un testimonio narrado por un buen escritor, pero que vivió en carne propia el sufrimiento de perder su ser más querido, su padre, quien lo armó para la vida con la comprensión y el amor infinito. Su padre, la razón por la cual, Héctor Abad, escribe y seguirá escribiendo, para el regocijo e introyección de sus lectores.
Así me presento de nuevo ante mis visitantes, luego de 14 meses de silencio “bloguérico”.
Un abrazo.
