Si Juan German Roscio hubiera
vivido en nuestros tiempos, es muy probable que estuviéramos escuchando su voz,
como escuchamos la de Luis Castro Leiva el 23 de enero de 1998, preguntando por
los venezolanos amantes de la felicidad pública, que, hoy, no son otros sino
aquellos que creen profundamente en la democracia y los derechos humanos como
elementos fundacionales, constitutivos, guiadores y nortes de la vida en común.
Es que son los tiempos del
venezolano de bien. Y lo son, porque llegó la hora de enfrentar lo peor que nos
habita a los venezolanos en nuestra vida pública, en el ejercicio de nuestros
derechos políticos. Y es en nosotros mismos que tenemos que buscar las virtudes
cívicas tan pisoteadas y maltrechas en los últimos tiempos, tal como lo
comprendió San Agustín en su particular búsqueda de Dios: “Y yo que te buscaba
fuera de mí y tú que esperabas dentro de mí”.
Es cierto que la historia
venezolana está llena de muchos hueros, de actuaciones públicas vergonzantes,
que no son más que proyecciones sociales de los vicios que nos habitan como
seres humanos, en los cuales parecieran solazarse quienes viven predicando
nuestra inviabilidad como República o como Estado moderno. Pero también es
cierto que hay en esa historia actuaciones sociales, colectivas o individuales,
muchas veces formalizadas en actos políticos o jurídicos, que nos pueden llenar
de orgullo y que deben ser la fuente de energía cívica para mirar y caminar hacia
el futuro. Digo esto y es imposible no recordar a ese venezolano de bien, don
Augusto Mijares y su concepto de lo afirmativo venezolano.
Estar entre los primeros pueblos
de América que conoció, divulgó y que trató de poner en práctica, la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, significa que tenemos en nuestros genes históricos un incuestionable
amor por la libertad. Un amor muy superior a toda esa parafernalia tramposa que
se fundamenta en la “historia” o mitología heroica y la invocación de la patria
y el patriotismo, llevada al extremo por el Gobierno chavista, que en estos
tiempos ya tiene tintes cavernosos y que los venezolanos tenemos que jubilar de
manera definitiva.
Ese amor por la libertad trajo
como consecuencia que en Venezuela se reuniera una ilustración
preindependentista, conocedora de las ideas políticas más avanzadas del mundo
entero, que se ubicó a la altura de los hombres de ideas de su siglo. Es a
ellos a quienes tenemos que aprender a recurrir, consultar y citar, para
conjurar tanta proclama heroica que invoca
en nosotros el autoritarismo y el mesianismo.
En la historia de la mentalidad
venezolana, hay un hilo libertario que parte –o se impulsa- desde la
ilustración preindependentista y que atraviesa
toda nuestra historia, y que en estos tiempos se concreta en ese gran fenómeno
político que constituye lo que ocurre alrededor de la Unidad Democrática.
No sólo hicimos recepción de las
mejores ideas políticas del siglo XVIII y XIX, sino que protagonizamos actos políticos
y jurídicos concretos que las ponían en movimiento en la realidad, con todas
las críticas que se puedan elaborar a sus protagonistas, que no hacen sino
confirmarlos como actos trascendentes desde el punto de vista colectivo.
Fuimos uno de los primeros
pueblos de América y del mundo que eliminamos formalmente la esclavitud,
conjuramos las peores pretensiones monárquicas y acogimos la República como la
forma más justa y libertaria de organizarnos políticamente.
Venezuela fue el primer país del
mundo que eliminó de la esfera jurídica la pena de muerte en la Constitución de 1864. Este es uno de los actos jurídicos que más nos llena de orgullo a quienes
creemos seriamente en los derechos humanos como síntesis de la civilización
universal.
El divorcio como institución
liberadora y la enseñanza primaria obligatoria, son banderas del pensamiento
liberal del siglo XIX que Venezuela puede izar con orgullo. Estamos entre los
primeros países que consagraron estas conquistas del ser humano.
Nuestro siglo XX está lleno de
proezas cívicas. Todo el impulso hacia la modernidad política, cultural y
social protagonizada por la llamada Generación
del 28, todavía no terminamos de vivirlo. Tal como sostiene Manuel Caballero,
este hecho fue el acontecimiento histórico protagonizado a conciencia por una
generación de venezolanos, que bajó de los caballos el ejercicio de la política
y sentó las bases para la discusión de ideas y pensamientos, como protagonista
de los debates (que no combates) públicos, quitándole legitimidad a las armas y
la violencia como herramienta de lucha política.
Mientras la mayoría de los países
latinoamericanos vivían en la oscuridad de las dictaduras, Venezuela
protagoniza el 14 de febrero de 1936 el primer acto que inaugura nuestra democracia:
una marcha cívica, pacífica y con fines de transformación política. Y lo logró:
se restablecen las garantías constitucionales, se suspende la censura a la
prensa, se sanciona el abuso de poder y el Presidente de la República aprueba
un plan de gobierno en consenso con los requerimientos de la organización
social que condujo la manifestación. Teníamos un presidente demócrata a pesar
de ser hijo del gomecismo.
De manera que no es la muerte de
Gómez la que abre el paso hacia el siglo XX en Venezuela como lo expresa el
gran Picón Salas, sino que lo es una manifestación democrática. Esto significa
que tenemos una democracia que ya va para los 80 años, diría nuestro Manuel
Caballero.
Se inicia la era democrática
venezolana y ese hilo conductor de la nación cuenta con actos protagonizados
desde la sociedad civil y desde el Estado, en una constante diatriba, silente
pero con persistencia. No es cierto que en la sociedad venezolana no haya
existido una oposición constante al Estado y su poder, sí ha existido y ha
venido desde distintas esferas y en distintas intensidades.
Esa imagen que nos trata de hacer
ver como una manada de borregos que siguen a los hombres providenciales en sus
desmesuras, no deja de ser una visión pesimista y alejada de la realidad de nuestra
historia. Ha habido momentos que parecieran de claudicación ante el poder del
Estado y de sus caudillos, pero también ha habido despertares y reservas que no
han dejado de luchar por la libertad.
La fundación de los partidos y
movimientos políticos modernos desde 1936 hasta nuestros días es una
manifestación clara del amor por la libertad del venezolano, que ha tenido
fechas memorables y celebrables como el 23 de enero de 1958.
Hay en toda la lucha armada de la
izquierda venezolana durante los años 60 y 70 del siglo pasado, momentos
rescatables para la historia de la libertad en Venezuela. Sacrificios, luchas,
manifiestos, ideas e interpretaciones de nuestra realidad, que a pesar de los
errores de sus protagonistas, son manifestaciones claras del hilo conductor de
la sociedad venezolana cuyo inicio hemos ubicado en la ilustración
preindependentista.
Y desde el Estado, durante la
satanizada Cuarta República, se llevó a cabo la mayor tarea de democratización
y modernización de Venezuela, como nunca antes. Lo logros de esta etapa de la
historia no han podido ser ni podrán ser desmontados o borrados por
el mesianismo que hunde sus raíces en lo peor de nuestra forma de hacer
política.
¿Nos ciegan los deslumbres de la
democracia de la mal llamada Cuarta República? Pues no, ahí están los tremendos
errores que cometieron, sobre todo, esos grupúsculos de malos políticos que
conformaron los cogollos y que ahogaron las mejores iniciativas para
profundizar la democracia del Estado y la sociedad venezolana, incluidos los
partidos políticos, y con esa resistencia antidemocrática produjeron la
exclusión de grandes sectores sociales que al final terminaron pasando factura
con la elección de un candidato que
venía directo del peor caudillismo del siglo XIX, aunque él piense y le hagan
pensar que es la síntesis de los revolucionarios del siglo XXI.
Sin embargo, la última década de
la llamada democracia puntofijista estuvo marcada por hechos y actos que forman
parte del acontecer libertario en Venezuela. El movimiento de las
organizaciones de la sociedad civil, como formas de enfrentar y buscar salidas
al ahogo de los grandes partidos políticos, movilizó favorablemente a la
sociedad venezolana, aunque la exacerbación
de la antipolítica, atizada desde los grupos formadores de opinión, le
hizo perder sus objetivos.
La elección libre de gobernadores
y alcaldes, la descentralización política y administrativa, el voto uninominal,
la creación de la justicia de paz, entre otros cambios, era el camino correcto
para la mayor participación social, pero las ideas de Caldera se habían quedado
en los años 70. El último presidente de la “partidocracia”, no creyó en la
descentralización, la frenó y abortó los planes diseñados durante el mejor año
de la democracia al final de la Cuarta: el gobierno interino de Ramón J. Velásquez.
No tengo la menor duda de que en
los primeros años del gobierno chavista, hubo un resurgir del ánimo libertario.
Ese ánimo quedó plasmado en muchas partes de la Constitución aprobada durante
la Asamblea Constituyente de 1999, principalmente en todo lo relacionado con la
consagración de los derechos humanos y la fuerza que se le da al Poder
Judicial. Ese animus libertario se
ahogó cuando el autoritarismo y verticalismo personalista del gobierno se hizo
presente, y se puso en escena la verdadera esencia de este gobierno chavista:
desprecio por las formalidades democráticas, militarismo, sectarismo, culto a
la personalidad, caricaturización de la separación de poderes, irrespeto por
los derechos humanos, todo con revestimiento y justificación tramposa de la
lucha contra la pobreza y exclusión social.
Mientras tanto la oposición se
movía en la incertidumbre. Se pretendió doblegar a la fuerza al chavismo y en
ese trance el gobierno salió favorecido.
No obstante, el hilo conductor
democrático, sin mucho aprecio por quienes manejaban las riendas de la
resistencia al chavismo durante la primera década de su dominio, cual demiurgo,
permanecía latente y logró su acomodo y actual esplendor en la Mesa de la
Unidad Democrática, el gran fenómeno de negociación política y democrática de
arranque del siglo XXI, sin precedentes en nuestra historia.
Un gobierno desorientado,
conformado quizás por el grupo más ineficiente, incompetente y corrupto que ha
tenido Venezuela en su historia, que ha dilapidado una fortuna semejante a la
administrada por toda la Cuarta República, se enfrenta a lo mejor del civismo
venezolano.
Henrique Tejera París tiene razón
cuando sostiene que en Venezuela se ha implementado el peor escenario de la decadencia
de una democracia: la kakistocracia o el gobierno de los peores, los más ineptos e incapaces.
En contrapartida, el liderazgo de
la oposición se ha venido decantando y no hay duda de que hoy está conformado
por un grupo de los mejores venezolanos, que se han dedicado a diseñar el plan
de gobierno del candidato electo democráticamente, en elecciones libres y
abiertas a todos los venezolanos. ¿No hay allí una manifestación del demiurgo
democrático y libertario del venezolano?
Es la hora de quienes no solo
creemos y nos duele Venezuela, sino de quienes sostenemos que sólo con
democracia, con respeto por el Estado de derecho y los derechos humanos, que
sólo con tolerancia y mentalidad abierta al otro, al distinto, que sólo
mediante la selección de los mejores venezolanos y los mejores proyectos,
podemos continuar hacia el futuro y el progreso.
No
hay duda, es la hora del venezolano de bien, del amante de la felicidad
pública, de quienes creemos en la cultura democrática, profundamente marcada
por los valores que inspiran los derechos humanos como síntesis de la
civilización universal.

