Voto
por un país demócrata. Y quienes somos demócratas sabemos que con eso lo
decimos todo, pero hay que repetir, una y otra vez, lo que significa este modo
de ser ciudadano, de estar en sociedad, e incluso, de vivir. Pues no se llega a
ser demócrata tan fácil como se es autoritario, personalista y militarista.
Para esto último no se requiere reflexionar, intercambiar criterios, estudiar,
pensar, debatir, sentir y sentirse. Basta con un instinto, con renunciar a la
independencia de criterio, con renunciar a la complejidad de la existencia
humana y abdicar a la libertad, que es renunciar a la esencia humana.
Para
ser demócrata se requiere una educación sentimental, una sensibilidad que se va
forjando con la evolución espiritual, en medio de un constante autoexamen, como
ser individual y ser coexistencial. Se requiere tener conciencia de su
individualidad, de su soberanía como ser humano, en medio de la coexistencia
social, indivisible (aunque separable) en esta vida que nos tocó. Se requiere
tener conciencia de los derechos de los cuales se es titular, pero teniendo
presente que esos mismos derechos le corresponden al semejante, en igualdad de
condiciones, sin discriminaciones, y que en la medida que el otro conquista más
derechos, también nosotros los conquistamos.
La
democracia se manifiesta en formalidades como la vigencia plena del Estado de
derecho y en el respeto y garantía de los derechos humanos, que son emanaciones
de la dignidad humana, que se vienen reconociendo desde hace siglos y que
tienen una vis expansiva
impresionante, en la lucha por la libertad del ser humano, en sus distintas
dimensiones.
Las
formalidades democráticas son las garantías de la convivencia civilizada, y
quiero decir con civilizada, una vida digna, con las herramientas intelectuales
y materiales mínimas para desplegarse en el mundo. Eso es lo que un Estado
decente y civilizado debe proporcionarle a un ser humano: el mínimo indispensable
para que cada ser humano se despliegue vitalmente. Y ese mínimo es imposible
sin normas claras, sin conductas previsibles y sin un gobierno eficiente en el
cumplimiento de sus deberes.
La
democracia no requiere de un Estado avasallante, que quiera proporcionarle todo
a todos, sino de un Estado que se encargue de allanar el camino que requiere el
ser humano para buscar sus propios sueños, para buscar su propia felicidad. Un
Estado que proporcione seguridad, educación, salud e infraestructura adecuada
para la vida en común, a expensas de los ciudadanos, en la medida de sus
posibilidades. En eso se resume un teoría del Estado basada en los derechos
humanos.
No
quiero un Estado que pretenda indicarme cómo ser feliz, cómo debo pensar, a
quién debe amar o a quién odiar. No. No quiero un Estado que me quiera
proporcionar todo lo que necesito, a expensas de mi independencia y soberanía
individual, y con parámetros de mi necesidad establecidas por un pequeño grupo
que se haya arrogado semejante función. Un Estado así, deja de ser democrático,
por muy buenas intenciones que tengan sus líderes, pues ya sabemos que de eso
está alfombrado el camino hacia el infierno.
No
quiero un Estado redentor o que pretenda salvarnos, porque ya sabemos que cada
vez que se trata de implementar terminamos con un montón de cadáveres y con un
gorila montado en el poder, como decía Cabrujas.
Hoy, 14 de abril, voto por eso. Creemos que podemos
ser felices a nuestra manera, con plena soberanía individual, sin que pretendan
colectivizarnos. Voto por un gobierno que se dedique a resolver los problemas
colectivos, a atender a los más necesitados, para que conquisten su
independencia y puedan buscar libremente su felicidad. En eso creemos quienes
votamos por la democracia. Y en este voto incluyo toda la vida mía.
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