Naciste,
querido hijo, y no tenemos un demócrata como Presidente de la República, como te lo había prometido, con gran alegría y optimismo.
Te
beso, Santiago, recién salido del vientre materno y se me espanta la desolación
que nos dejó los resultados de un debate/combate electoral, que a duras penas
podemos calificar de legítimo y democrático. La agrura reciente se me disipa y
entra tu belleza recién hecha a llenarme de contentamiento, de esperanza, de
alegría y de futuro.
Es
inevitable que te involucre en mi vida de ser coexistencial, como somos todos
los seres humanos, como eres tú. Es imposible que no te afecte la lluvia de
confusiones que se ha cernido sobre nuestro país. Uno lee, Buruso, todo lo que
le gente piensa sobre el último acontecimiento político, y pasa de sentir que Algo
bueno está pasando a que una bomba cuántica cayó en Cabudare.
Claro,
hay matices. Hay gente que está pensando con seriedad en el país desde hace
muchos años y comprende que estamos viviendo un proceso histórico de largo
aliento. Que no será fácil terminar de madurar como país, como sociedad
política, que aún hace falta llegar al consenso general sobre el mínimo común
denominador que nos identifique como venezolanos. Que crecer duele, como se ha
dicho de múltiples manera desde los héroes de Homero hasta los protagonistas de
la Venezuela heroica.
He
comprendido que es fácil caer en la tentación de despreciar y despachar con una
descalificación al otro, al distinto a nosotros, a quienes no comprendieron que
Hay
un camino distinto para llegar, no a la felicidad (asunto personal), pero sí a la
tranquilidad que da tener un Estado decente, un gobierno sensible, con
instituciones sólidas y un marco jurídico general y eficaz, en vez de una voz,
de un redentor, de un enviado, de un reencarnado que tiene la pretensión de ser
el gran conductor hacia la felicidad general y mundial, y que se cree por
encima del orden jurídico y de los derechos humanos.
Ya
sé, hijo, que lo único que tú quieres en este momento es un lugar acogedor para
dormir, semejante al vientre de tu linda madre, que estas angustias mías están
muy lejos de tu desesperación por succionar el líquido amoroso y alimenticio
que surge de tu progenitora. Pero mientras te cambio los primeros pañales
pienso en ti, en la manera de facilitarte y abrirte caminos para que busques tu
propia felicidad y no la que un ser envilecido por el poder pretende que sea tu
felicidad.
Mientras
limpio los restos de tu cordón umbilical, con alcohol absoluto, suavemente,
pienso que pertenezco a un lote de los venezolanos que permitimos que nos
incomunicaran con el otro lote, que acepta gustoso, en su mayoría, uniformarse
de rojo y repetir con alegría frases que se le ocurren a quien se cree
protagonista y líder de la paz planetaria.
Hay
que enfrentar la pretensión de convertir el espíritu de superación en anatema,
hay que enfrentar a quien sostiene que criticar la incompetencia y la
ineficiencia es una conspiración imperialista y de la derecha mundial, pero hay
que acercarse, recuperar la hermandad con quien prefiere creer en estas cosas,
y saber las razones de su posición. Hay que acercarse para acordar con esos
seres humanos, coterráneos, y precisar los puntos en común, el consenso mínimo
para terminar de construir este país.
Tarea
titánica que ya se inició, Santiago. Vamos bien encaminados. No será fácil, no
será rápido, pero si queremos tener un país que realmente nos pertenezca,
tenemos que trabajar todos los días. Con lucidez, con el corazón abierto,
dispuestos a ceder para conquistar civilización, derechos, para todos.
Crecer
duele, Santiago, y tú lo sabes. ¡Tú que pasaste de medio centímetros hace
apenas ocho meses a cincuenta centímetros en estos momentos! ¡Tú sabes lo que
es crecer!
¿Y
si es eso, querido hijo? ¿Y si se trata de emprender el camino de llegar a
grande?
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