viernes, octubre 12, 2012

Explicación del 7-O para Santiago (y II)


Naciste, querido hijo, y no tenemos un demócrata como Presidente de la República, como te lo había prometido, con gran alegría y optimismo.
Te beso, Santiago, recién salido del vientre materno y se me espanta la desolación que nos dejó los resultados de un debate/combate electoral, que a duras penas podemos calificar de legítimo y democrático. La agrura reciente se me disipa y entra tu belleza recién hecha a llenarme de contentamiento, de esperanza, de alegría y de futuro.
Es inevitable que te involucre en mi vida de ser coexistencial, como somos todos los seres humanos, como eres tú. Es imposible que no te afecte la lluvia de confusiones que se ha cernido sobre nuestro país. Uno lee, Buruso, todo lo que le gente piensa sobre el último acontecimiento político, y pasa de sentir que Algo bueno está pasando a que una bomba cuántica cayó en Cabudare.
Claro, hay matices. Hay gente que está pensando con seriedad en el país desde hace muchos años y comprende que estamos viviendo un proceso histórico de largo aliento. Que no será fácil terminar de madurar como país, como sociedad política, que aún hace falta llegar al consenso general sobre el mínimo común denominador que nos identifique como venezolanos. Que crecer duele, como se ha dicho de múltiples manera desde los héroes de Homero hasta los protagonistas de la Venezuela heroica.
He comprendido que es fácil caer en la tentación de despreciar y despachar con una descalificación al otro, al distinto a nosotros, a quienes no comprendieron que Hay un camino distinto para llegar, no a la felicidad (asunto personal), pero sí a la tranquilidad que da tener un Estado decente, un gobierno sensible, con instituciones sólidas y un marco jurídico general y eficaz, en vez de una voz, de un redentor, de un enviado, de un reencarnado que tiene la pretensión de ser el gran conductor hacia la felicidad general y mundial, y que se cree por encima del orden jurídico y de los derechos humanos.
Ya sé, hijo, que lo único que tú quieres en este momento es un lugar acogedor para dormir, semejante al vientre de tu linda madre, que estas angustias mías están muy lejos de tu desesperación por succionar el líquido amoroso y alimenticio que surge de tu progenitora. Pero mientras te cambio los primeros pañales pienso en ti, en la manera de facilitarte y abrirte caminos para que busques tu propia felicidad y no la que un ser envilecido por el poder pretende que sea tu felicidad.
Mientras limpio los restos de tu cordón umbilical, con alcohol absoluto, suavemente, pienso que pertenezco a un lote de los venezolanos que permitimos que nos incomunicaran con el otro lote, que acepta gustoso, en su mayoría, uniformarse de rojo y repetir con alegría frases que se le ocurren a quien se cree protagonista y líder de la paz planetaria.
Hay que enfrentar la pretensión de convertir el espíritu de superación en anatema, hay que enfrentar a quien sostiene que criticar la incompetencia y la ineficiencia es una conspiración imperialista y de la derecha mundial, pero hay que acercarse, recuperar la hermandad con quien prefiere creer en estas cosas, y saber las razones de su posición. Hay que acercarse para acordar con esos seres humanos, coterráneos, y precisar los puntos en común, el consenso mínimo para terminar de construir este país.
Tarea titánica que ya se inició, Santiago. Vamos bien encaminados. No será fácil, no será rápido, pero si queremos tener un país que realmente nos pertenezca, tenemos que trabajar todos los días. Con lucidez, con el corazón abierto, dispuestos a ceder para conquistar civilización, derechos, para todos.
Crecer duele, Santiago, y tú lo sabes. ¡Tú que pasaste de medio centímetros hace apenas ocho meses a cincuenta centímetros en estos momentos! ¡Tú sabes lo que es crecer!
¿Y si es eso, querido hijo? ¿Y si se trata de emprender el camino de llegar a grande?

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